URGENTE: SECUESTRAN A NUESTRO DIRECTOR EL SR CHICHEAUX

DECEPCIÓN: LO LIBERAN INTACTO.

El Sr Chicheaux en su más tierna infancia.

El Sr Chicheaux en su más tierna infancia.

PZI periodismo de endeveras, se juega en cada cobertura la vida para llevarles a sus lectores las vicisitudes de las personas que sufren del flagelo del secuestro Exxxpress. ¿Se trata de la conocidísima película pornográfica, la que tiene al enano disfrazado de vaquero y que en su momento más tórrido incluye un sifón de soda introducido mas, ¡OH dios!, ya nunca recuperado? No, se trata de un error de imprenta en la palabra Exxxpress que deberemos pasar por alto.Lo que no se puede pasar por alto es la cantidad de víctimas que sufren a diario de este problema. Y, sospechamos que por nuestras revolucionarias ideas sobre la distribución de lácteos en las góndolas de los supermercados chinos o, tal vez, por el informe sobre las coimas en el 3 Congreso Internacional de Proctología, esta vez le tocó el turno a nuestro director el Sr. Chicheaux.

Vladimiro Rogelio Chicheaux, es un joven y rubio emprendedor argentino que decidió un día, entre los vapores del alcohol, iniciar este diario. Hizo lugar en su agenda y comenzó este pasquín guiado por la máxima que se puede ver hoy mismo en su oficina: “hoy no se fía, mañana sí”.

Con el paso del tiempo PZI se ha hecho de enemigos poderosos y otros no tanto (tomá por mirón Fabricio), pero siempre intentó llevar una mirada más allá de la clásica que se ve en otros blogs. Por ello es que se intenta amordazar nuestras bocas, apagar nuestro cigarrillo y aguar nuestros whiskyies.
Sepan, enemigos de la verdad, oligarcas y golpistas, que nada nos detendrá en nuestra lucha diaria.

A continuación y sin anestesia, el relato del cautiverio del Sr. Chicheaux, narrado por el mismo.

ADVERTENCIA ESTE RELATO POSEE:

LENGUAJE ADULTO

ESCENAS DE DESNUDEZ

ESCENAS DE VIOLENCIA

ESCENAS DE ONANISMO EXTREMO

SE RUEGA PRUDENCIA A LOS LECTORES Y UNA MONEDA PA’ LA BIRRA.

Y dice:

Miedo. Esa es la palabra que se me viene a la mente cada vez que revivo las escenas de mi cautiverio en la llamada “Mazmorra Alfredo Cona”, de la ciudad de Mendoza.
Miedo y una ligera acidez estomacal.
Pretendo relatar los eventos sucedidos en mi estancia en ese laberinto infernal con un poco de orden así que comenzaré por el día viernes 23 de agosto.
Ese día, después de haber estado con una señorita en el hotel alojamiento “TELO PONGO”, me dirigí raudamente al domicilio del que, después lo supe, sería mi entregador. NO daré nombres porque la causa esta bajo estricto secreto de sumario, pero lo llamaremos Dr. Death para ser más imprecisos.
El mencionado domicilio se encuentra enclavado en una zona plagada de trabajadores sexuales transexuales, que también se encuentran enclavados, vendedores de drogas, levantadores de quiniela clandestina, organizadores de peleas de perros. Justo antes de llegar al jardín de niños “Mi tronquito”, que se encuentra a escasos metros del lugar, me percaté de que, entre las sombras, una presencia me perseguía. Solo alcancé a vislumbrarla con el rabillo del ojo. Como todos saben el hecho de mirar con el rabillo del ojo implica mirar como el culito (este chiste ganó el premio Le Brom du Salon 2007 en Versalles). Adiviné una figura abultada, que llevaba enredada sobre su cuerpo, como una boa que come un manatí, a una bata de seda.

¡Mozo hay una sombra en mi pared!

Impresionado apreté mi paso y toqué el portero eléctrico del lugar. Demoraron en contestar más de lo habitual, lo que debió haberme hecho sospechar, pero las ganas de paladear una cerveza y de comentar las vicisitudes del partido final de las olimpíadas me obligaron a esperar.
Sospeché que mi contacto, el Dr. Death, estaría dormido o muerto, así que me dirigí, esquivando a un vendedor de drogas que me ofrecía el CD de “Casi Ángeles”, hacia un locutorio cercano para contactar por celular al dueño de casa. Realicé 3 llamados, como consta en el expediente policial. Primero a la dama de mis amores, luego a mi amante y por último al Dr. Death que me indicó su próximo arribo al domicilio.
Volví al lugar y encontré al susodicho matasanos ingresando con una mochila repleta de brebajes extraños, órganos humanos en hielo y un paquete de papas fritas Lays mediterráneas.
Nos saludamos e ingresamos.
La noche transcurrió sin sobresaltos con una victoria predecible del combinado nacional frente a los nigerianos y con una victoria predecible del güisqui etiqueta negra sobre el etiqueta roja.
El Dr. Death, que se había parado para ajustar el color del televisor ya que veía muy oscuros a los jugadores contrarios, me acercó una lata de bebida energizante Red Bus que, a juzgar por lo que sucedió después, estaba adulterada con un medicamento.
AL ingerir el líquido marrón experimenté una serie de síntomas que paso a relatar:

  • Mareo
  • Necesidad de orinar
  • Mareo Nuevamente
  • Sensación extraña de lucidez que me llevó a comprender la metafórica detrás del tema “Pila Pila”
  • Sueño profundo tipo comatoso contagioso.

Entre la etapa de lucidez y de sueño, vi llegar a la cómplice secuestradora a la que llamaremos “a mulher mais boba do mundo”o simplemente Romina.
Se trata de una conocida terrorista del buen humor y esperamos su captura inminentemente.
La noche se desvaneció después del gol de Di María, y recuerdo haberme preguntado la razón de que la piel del Dr. Death fuera tan blanca.
Me desperté desnudo y sudoroso. Mi ropa yacía en una pila. Para colmo en una pila Eveready.
Mi boca tenía el gusto pastoso de las drogas (¡qué flash!) y la pasta de dientes tenía el gusto pastoso de mi boca. De pronto comprendí que algo malo había pasado. Me dirigí hacia la puerta e intenté abrirla.

Cerrada completamente. Comprendí, entonces, que estaba secuestrado.

Más solo que la delegación de Zambia en los juegos olímpicos.

Lloré y arañé el marco de madera color pistacho (sí, es de color pistacho. Son terroristas del buen gusto además), gritando mi negativa a ser encerrado. Pero solo el viento me escuchó.
Me envolví en mis propios brazos en un rincón y, en posición fetal, me balancié repitiéndome que iba a salir vivo de allí, que no me iban a ganar.
El recuerdo es ingrato pero real. Rememoro que, en mi desesperación, defequé sobre el sillón de cuero creyendo que la puerta del baño estaba cerrada. Me embadurné la cara y el pelo con el excremento y, con la punta de mis dedos, dejé un mensaje en la blanca pared: “No se pueden matar las ideas. ¡Ortivas!”

El pánico hacía tiempo que se había apoderado de mí cuando contemplé la posibilidad de racionar mis bienes ya que no sabía cuántos días pensaban tenerme en cautiverio. Busqué mi ropa y corté un pedazo de cinturón que mastiqué con placer. Eché de menos a la civilización con sus luces de neón barato, sus telos con perfume para sábanas francés y sus odontólogos. Especialmente a estos últimos cuando descubrí que había comenzado a comer el cinturón por el lado de la hebilla.

Sobre el sillón y la pared, millones de moscas se habían congregado para agasajarse con mis desechos. Intenté espantarlas sin darme cuenta aún que ellas serían el vehículo de mi escape.
La idea me vino de pronto. Atrapé a la mosca más gorda tentándola con un pedazo de desecho apetitoso (qué probablemente fueran los restos de una milanesa de pollo) y até a sus patitas un mensaje que escribí sobre un pedazo de mi piel con mis propios fluidos intestinales. No era largo porque me dolía bastante al escribir, pero servía.
Llevé a mi alada salvación a la puerta y la deslicé por debajo rezándole a San Sofovich para que me llevara a buen puerto y además reviviera mi carrera.

Las horas que siguieron fueron de angustia. Sólo recuerdo, vagamente, un partido de PlayStation imaginario y un trencito con Barilari cantando “Mujer amante”.

¿Involucrado en el secuestro?

¿Involucrado en el secuestro?

El sonido de la puerta me trajo a la realidad aunque a medias. Me encontraba recostado sobre el suelo, vestido con un hermoso traje calcado del que usa la sirenita cuando se vuelve mujer con piernas. Alcé los ojos. Y me quedé mudo de asombro.
La figura, la misma que había visto la noche anterior, se dejaba ver aunque yo estaba muy débil para levantar la cabeza del suelo.
Me tomó entre sus brazos y dejé que la seda de su batón me acariciara el cuerpo, mientras me perdía en las vueltas de sus ruleros. La emoción me hizo desmayar.
Desperté nuevamente en una clínica del centro de la ciudad.
¿Quién o qué me salvó de las garras de mis opresores? Sospecho que nunca lo sabré. Un ángel en ruleros. Un renegado en batón.
Dedicaré mi vida a encontrar a ese ser maravilloso que me rescató de un destinó cruel.
Para mis captores, especialmente para el Dr. Death, sólo tengo la frase que el trovador dijo alguna vez:

“Yo soy candela, soy una llamarada. Y cuando quiere el ritmo, mi cuerpo pide más.”

Estas son las memorias de mi secuestro, los peores 25 minutos de mi vida.

Sr Chicheaux y equipo.

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Una respuesta

  1. Este es un msj para todos los que lean esta historia. Fui yo, señores el “ángel ” que lo liberó. No daré detalles, pero ay Dios! que asustado estaba el sr chicheaux cuando pidió auxilio……
    Moraleja: el wisky y las olimpiadas en exceso, hacen mallll!!!!

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